
Hay edificios que no se miden en metros cuadrados. Se miden en lo que le hacen a una ciudad. El Conrad —después Enjoy, ahora camino a Fasano— es uno de esos. Frente a la Mansa, en la Parada 4, lleva casi treinta años diciéndole a Punta del Este quién es.
Yo lo vi nacer como se ven nacer ciertas cosas en hospitalidad: no como un hotel, sino como una decisión. En 1997 Punta todavía era, en el fondo, un verano largo. Marzo llegaba y el balneario se iba apagando. El Conrad hizo lo contrario: encendió la luz en invierno. La mirada audaz del Gerente Jorge Serna trajo casino, congresos, shows, brasileños y argentinos un viernes de julio. Formó gente. Dio trabajo antes de dar brillo. Eso, en nuestro oficio, se llama un hotel convocante: no espera a que el destino exista. Lo llama.
Un hotel convocante tiene una gramática simple. El huésped viene. El edificio concentra la noche. La ciudad orbita. El éxito se cuenta en mesas abiertas, salones llenos y temporadas que dejan de ser temporadas. El Conrad fue eso con nombre norteamericano y ambición de Las Vegas en escala del Plata. Quien trabajó ahí —y muchos de los mejores de Maldonado pasaron por esa escuela— sabe que no era solo lujo. Era un imán.
Allí dieron lo mejor de si gente formada en Hoteleria como Graciela Cetrulo, María Luisa García Paullier y Soledad Martínez; en etapas junto a David Goldfein, Vero Massa, Silvina Luna, María Fernández, Marquitos Grolero entre muchos otros que le pusieron alma y vida.
Después vino Enjoy. Los chilenos no inventaron otro Punta: bajo la mano de un excelente ejecutivo como Ignacio Sarmiento primero y Diego Berna’, nuestro querido ex alumno del ITHU después, profesionalizaron el que ya estaba. Más norma, más sistema, más máquina de entretenimiento. OVO, playa, casino, las mismas llaves. El edificio siguió convocando con Javi Azcurra en presencia mediática permanente. Lo que se fue diluyendo fue otra cosa, más fina: el relato. Conrad era linaje hotelero. Enjoy era marca de operador. Eficiente, sí. Inevitable, cada vez menos. Cuando un ícono se ofrece dos años en el mercado, el problema ya no es la ocupación de enero. Es que la época se le adelantó.
Ahora llega Fasano, de la mano de JHSF, y aquí es donde a mí me interesa el asunto. No como nota de real estate. Como hospitalidad.
Porque Fasano no está comprando, si se entiende bien, un casino con habitaciones. Está comprando la esquina simbólica de Punta para hacer otra pregunta. Ya no: ¿cuánta gente convoco esta noche? Sino: ¿quién quiere vivir esto, volver en agosto, comprar, comer, quedarse? Eso es el salto. Del hotel que convoca al epicentro de un movimiento.
El movimiento puntaesteño de esta década no es el de las crónicas de los 90. No es solo el jet que baja a jugar y se va el domingo. Es un modo de habitar: residencias con nombre, gastronomía que no pide disculpas, retail que antes había que ir a buscar a São Paulo o a Miami, un casino que tiene que volverse rito y no ruido. Las Piedras —el Fasano de La Barra, campo, piedra, silencio— ensayó esa vida hacia adentro. Península la trae al centro, a la postal, a la Mansa.
Dos Fasano no se pisan. Uno es el Punta que se esconde. El otro es el Punta que se muestra. Un destino maduro necesita los dos.
Yo, que vengo de alguna experiencia en abrir hoteles y de mirar destinos, veo el riesgo con la misma claridad que veo la oportunidad. El riesgo es cambiar el cartel y no cambiar la función: mall de lujo, torres, marcas, y adentro la misma lógica de volumen. El riesgo es importar estándar y olvidar el oficio que este predio formó. El riesgo es que un ecosistema se cierre sobre sí mismo y deje de derramar sobre la ciudad que lo sostiene.
La oportunidad es otra. Es entender que la cama ya no alcanza. Que el arte de la hospitalidad, en esa manzana, consiste en decidir qué ciudad se construye alrededor de una recepción. Si Península abre el boardwalk a la arena, si el shopping es plaza y no compound, si el casino se reedita en vez de negarse o repetirse, si se hereda a la gente que sabe recibir y no solo se trae el manual, entonces Punta gana una tercera vida.
Conrad nos convocó. Enjoy nos sostuvo. Fasano tiene que hacernos habitar.
Tres nombres. El mismo predio. Una sola pregunta que a los hoteleros nos persigue desde siempre: el huésped, ¿viene… o se queda?
Desde mi balcón, como nuevo vecino de la zona, iré descifrando las respuestas. Si se queda, el movimiento puntaesteño deja de ser una temporada. Pasa a ser una geografía. Y ese edificio, por fin, deja de ser el lugar al que se iba a Punta y se convierte en el lugar desde el cual Punta se vive.
Remo Monzeglio
Ex Viceministro de Turismo
* Datos y fechas extraídos de IA
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